De los motivos

Lo que los blogueros le deben a Montaigne

Sarah Bakewell (Publicado en la revista The Paris Review, 2010)

Los periódicos del fin de semana están llenos de ellos. Nuestras pantallas de ordenador están llenos de ellos. Tienen diferentes nombres -columnas, artículos de opinión, diarios, blogs-, pero los ensayos personales están vivos y gozan de buena salud en el siglo XXI. Florecen como lo hicieron en el Nueva York del siglo XX de James Thurber y E.B. White, o en el Londres del siglo XIX de William Hazlitt y Charles Lamb. Parece no haber fin a la llamada del ensayista, su idea básica de que se puede escribir de forma espontánea y divagadora sobre uno mismo y sus intereses, y que el mundo estará agradecido por ello.

No tiene fin, pero hubo un comienzo. La tradición del ensayo floreció en los países de habla inglesa sólo después de haber sido inventado por un francés del siglo XVI, Michel Eyquem de Montaigne. Su contemporáneo, el escritor inglés Francis Bacon, también utilizó el título de Ensayos (Essays en el original), pero los suyos eran consultas intelectuales bien ordenadas. Mientras Bacon compilaba claramente sus pensamientos, el noble y abiertamente autoproclamado diletante y viticultor Montaigne fue dejando que los suyos corrieran alborotados del otro lado del Canal. En sus Essays [“intentos” o “ensayos” en español]*, publicados en 1580 y posteriormente ampliados en grandes ediciones, escribía como si estuviera charlando con sus lectores: tan sólo dos amigos, entretenidos en una tarde de conversación.

Montaigne planteó preguntas más que dar respuestas. Escribió acerca de cualquier cosa que llamó su atención: guerra, psicología, animales, sexo, magia, diplomacia, vanidad, gloria, violencia, hermafroditismo, duda. Por encima de todo, escribió sobre sí mismo y se sorprendió de la variedad que encontró en su interior. ”No puedo seguir un tema rectamente”, dijo. ”Se abre paso aturdido y tambaleándose con una embriaguez natural.” Sus escritos siguieron el mismo travieso camino.

Al hacer esto, rechazó todas las virtudes literarias que los franceses apreciaron en los siguientes siglos: la claridad, el rigor, la belleza y elegancia. Sin embargo, su estilo rebelde le otorgó un inmenso atractivo para autores británicos, irlandeses y americanos. Durante más de 450 años, se inspiraron en Montaigne y sus sinuosos encantos.

Uno de los primeros fue William Shakespeare. Un monólogo entero de La Tempestad -aquel en el que Gonzalo evoca una sociedad ideal en un estado natural-, parece copiado de la traducción de John Florio de los Essais, publicada en 1603 pero distribuida anteriormente en manuscrito. ”Ningún tipo de transacción / Admitiría”, dice Gonzalo, ”ningún magistrado; / Las letras no serían conocidas; riquezas, pobreza, / Y uso de servicio, ninguno”. El Montaigne de Florio habla de un estado con ”ningún tipo de tráfico, sin conocimiento de letras ni de números, sin magistrados ni superioridad política; sin uso del servicio, ni de riquezas o pobreza.” No son sólo las palabras lo que suena similar. Ambos, Shakespeare y Montaigne, mantenían un atractivo sueño sobre una utopía inocente, a la vez que dudaban de su viabilidad.

Es posible que Shakespeare también se sirviera un poco del carácter de Montaigne cuando trabajó en Hamlet [A]. Al igual que el príncipe, Montaigne pensaba demasiado y estaba obsesionado por su propia inconsistencia e indecisión. ”Somos, no sé cómo, el doble dentro de nosotros mismos”, escribió. ”Estamos hechos de retazos y tan amorfos y diversos en composición que cada pequeña cosa, cada instante, juega su propio juego.” Incluso observó que meditar sobre todas las consecuencias de las acciones hace que sea imposible llevar nada a cabo, exactamente el problema de Hamlet.

Si bien la literatura francesa se volvió cada vez más equilibrada y formal, la Inglaterra del siglo XVII produjo una serie de excéntricos muy parecidos a Montaigne, a quién frecuentemente rendían explícito tributo. Escritores como Robert Burton, en cuya Anatomía de la Melancolía corría ”de un lado para otro, como un perro que ladra a la todas las aves que ve”, o Sir Thomas Browne, que escribió en enredada prosa sobre médicos, jardines, urnas funerarias y bibliotecas imaginarias. En siglos posteriores, cada vez más escritores ingleses pertenecieron a lo que el crítico Walter Pater llamó ”la verdadera familia de Montaigne.” Tenían ”aquella intimidad, aquella subjetividad moderna, que podría ser llamada el elemento montaignesco en la literatura.” Se puede ver en Oliver Goldsmith, Alexander Pope, John Dryden, e incluso el pomposamente clásico Samuel Johnson, cuyos ensayos como The Rambler (The Rambler puede ser traducido al español como El Divagador, El Paseante, El Enredante) tienen el título más montaignesco imaginable.

El más divagador (”The rambliest” en el original) de todos fue el anglo-irlandés Laurence Sterne, cuya divagadora novela Tristram Shandy varias veces menciona los Ensayos, que parecen bien ordenados en comparación. El supuesto argumento del Tristram se desvanece, y todos sus elementos parecen fuera de lugar, con un prólogo del autor apareciendo en el capítulo 20 del volumen 3. El resto se rige por el capricho y el juego. ”¿Acaso no he prometido al mundo un capítulo de nudos?” Sterne pregunta en un momento dado, ”¿dos capítulos sobre el lado correcto y el lado equivocado de una mujer?, ¿un capítulo sobre bigotes?, ¿un capítulo sobre los deseos?, ¿un capítulo sobre narices? -No, no tengo ése-. Un capítulo sobre la modestia de mi tío Toby. Por no hablar de un capítulo sobre capítulos, que terminaré antes de dormir.” Los nudos siguen enmarañados y los deseos no se cumplen; nunca llegamos a ningún destino, puesto que distracciones ilimitadas se entrometen en el camino. Como remarcó Montaigne acerca de su año de viaje por Italia, nadie pudo haber dicho que él falló siguiendo un itinerario, porque sólo tenía un plan sencillo: mantenerse en movimiento y ver cosas interesantes. Mientras hiciera esto se ceñía al programa.

”Al tomar la pluma”, escribió el gran ensayista William Hazlitt de Montaigne, ”no se erigió en filósofo, ingenioso, orador o moralista, pero se convirtió en todo eso por atreverse simplemente a decirnos cualquier cosa que pasaba por su mente.” Escribió acerca de las cosas tal y como son, no de cómo deberían ser -y en esto se incluía a sí mismo. Expresó su ser en sus páginas, como cambiaba de un momento a otro; todos podemos reconocer partes de nosotros mismos en el retrato.

En Estados Unidos, Ralph Waldo Emerson sintió esa descarga de familiaridad la primera vez que cogió a Montaigne en la biblioteca de su padre. ”Me pareció como si yo mismo hubiera escrito el libro, en alguna vida anterior, tan sinceramente expresaba mi pensamiento y mi experiencia”, escribió. ”Ningún libro antes ni después significó tanto para mí como este.” Desde un viticultor del Renacimiento hasta un trascendentalista del siglo XIX parece un gran salto, sin embargo, Emerson no podía decir dónde terminaba él y dónde comenzaba Montaigne.[B]

En estos días, la montaignesca voluntad de seguir los pensamientos a donde nos lleven, y buscar la comunicación y la reflexión entre las personas, surge en los escritores de habla inglesa de Joan Didion a Jonathan Franzen, de Annie Dillard a David Sedaris. Y florece sobre todo on-line, donde los escritores reflexionan sobre su experiencia con más brío y experimentalismo que nunca.

Los blogueros pueden sorprenderse al saber que están manteniendo viva una tradición creada hace más de cuatro siglos. Montaigne, a su vez, podría no haber esperado ser tenido en cuenta después de tanto tiempo, y menos aún en lengua inglesa -sin embargo, siempre creyó que tal entendimiento entre culturas y épocas remotas era posible. ”Cada hombre lleva consigo la forma entera de la condición humana”, dijo. Estamos unidos en el hecho mismo de nuestra diversidad y ”este gran mundo es el espejo en el que debemos mirarnos a nosotros mismos para reconocernos desde el ángulo adecuado.” Su libro es un mundo y cuando nos adentramos en él, no hay fin a la extrañeza y la familiaridad que podemos llegar a encontrar.

Notas:

[A] Comparen en breve ensayo de Montaigne “Es locura remitirnos a nuestra inteligencia para lo verdadero y lo falso” con el famoso “Hay más cosas entre el cielo y la tierra, Horacio, que las que sospecha tu filosofía.”

[B] Stephan Zweig, en su pequeño grande libro “Montaigne” comparó el autor de los Ensayos a un amigo, por la cercanía que establece con el lector.

Esta traducción pertenece al propietario del blog Solo un día en la vida, que en la fecha parece haber quitado el texto de la web. Él tiene los derechos y hizo la traducción mediante la autorización de la revista.

Anuncios

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s