Adalbert Stifter

Brigitta

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WG Selbald me mandó leer a Adalbert Stifter y lo hice. Mientras lo leía no dejaba de pensar en cómo me resultaría imposible escribir algo así. Más allá de la calidad de la prosa, claro, sería incapaz de describir un paisaje de la naturaleza sin emplear los adjetivos más anodinos y los lugares comunes más imbéciles. Me he dado cuenta del poco contacto que tengo y he tenido toda mi vida con espacios naturales jamás tocados por el hombre. He estado en el campo, pero relativamente pocas veces en la naturaleza salvaje. No lo echo de menos, eso es verdad. Pero en “Brigitta” he encontrado una sensibilidad diversa, propia, quizás, de un entorno más rústico e indomable.

Mientras lo leía, tampoco dejaba de pensar en “El caballo de Turín”, de Béla Tarr, que, como Brigitta, también transcurre en Hungría. En común tienen un entorno agreste que da forma al hombre a través del contacto con un hábitat hostil pero, principalmente, del trabajo como valor. Son lugares en los que se trabaja para vivir, para ganarse el pan, literalmente, porque no hay mucho más para ganarse allí. Y es mucho más duro ganarse el pan en un campo de brezal con inviernos blancos y extenuantes que en la ciudad, espacio hostilizado por el propio hombre, más que nada porque aquí trabajamos por mucho más que el pan, trabajamos por lo que no se puede alcanzar. Tanto en “Brigitta” como en “El caballo de Turín”, los personajes se hacen y se deshacen con el trabajo cotidiano, en el cual implicar mover montañas para satisfacer las necesidades más básicas. La vida cobra un significado distinto cuando hay que luchar por ella todos los días.

“El mundo entero embarca en una lucha se embarca en una lucha por hacerse aprovechable y debemos sumarnos a ella. De qué florecimiento y qué belleza es por ahora aún capaz el cuerpo del país, y ambos deben ser extraídos.”

John Berger ha dicho que la percepción del tiempo depende de las condiciones en las que se vive. Del mismo modo, el intemperie rige el tiempo en “Brigitta” y en “El caballo de Turín”, la lentitud o la inexistencia de acciones sigue la impronta del espacio llano, despoblado.

“Al atardecer mi huésped me mostró el crepúsculo del brezal. Cabalgamos expresamente con ese propósito, después de que me hubiese aconsejado ponerme, igual que él, una piel contra el aire febril de la llanura, pese a que el aire aún caliente parecía hacerla prescindible. Esperamos, una vez que hubimos salido, en el punto indicado por él hasta que el sol que hubo puesto. Y en efecto, fue un espectáculo suntuoso el que siguió: sobre todo el plano negro del brezal estaba puesta la gigantesca campana del cielo amarillo ardiente, llameante, ondeando y dominando hasta tal punto los ojos que cada cosa de la tierra se vuelve extraña y negra. Una brizna de hierba del brezal se yergue como viga ante la lumbre, un animal que cruza casualmente esboza un monstruo negro sobre el fondo de oro, y pobres matas de enebros y endrinos pintan domos lejanos y palacios. Al este empieza luego, tras unos instantes, a ascender el azul húmedo y frío de la noche, y corta con uno vaho turbio e impenetrable el verdadero brillo de la cúpula del cielo.”

¡Qué bello!