Albert Camus

El silencio viril de Mersault

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En su ensayo sobre “El extranjero”, Sartre llama la atención a una característica del hombre absurdo que Camus saca a a la luz en “El mito de Sísifo” y que resultó ser uno de los aspectos más intrigantes sobre la personalidad de Mersault, el personaje principal de la obra. Primero, porque ni Camus ni Sartre lo desarrollan con claridad, y tampoco explican la elección del adjetivo: ¿habría un silencio propio del hombre y otro silencio propio de la mujer o el silencio viril se opondría, digamos, una la cháchara femenina? La defensa que hace Sartre del silencio como modo auténtico de hablar, recurriendo a citas de Heidegger y Kierkegaard, parece olvidarse que si es verdad que el silencio puede valer tanto o más que mil palabras, siempre que sea una elección consciente frente al verbo, cuando se trata del acto de callarse ante la maldad o la ignominia, el silencio también puede implicar consentimiento u omisión, lo que sería diametralmente opuesto a cualquier posibilidad de acción política.

La primera vez que leí “El extranjero” en la adolescencia, el libro me impactó, pero, me acuerdo, no entendí el porqué del título. Es decir, no entendí el libro. Una relectura más de veinte años después y, ahora, en condición de extranjera, el texto se ha abierto de una forma que me resultó interesante y contradictoria (principalmente a la luz del ensayo de Sartre), y el silencio de Mersault, cargado de absurdo, cobra otros sentidos que, por un lado, van más allá de la virilidad y, por otro, definen el modo de actuar de algunos hombres (en contraposición, quizás, al de las mujeres).

En una lectura superficial, Mersault está sencillamente aburrido, anonadado, ni feliz ni infeliz, y su silencio parece venir de una dejadez nihilista. No obstante, yo diría que, al contrario, se trata de una elección razonada, aunque ese razonamiento se diese, en el tiempo, antes del período retratado en el libro. Dice Mersault: “había perdido un poco la costumbre de interrogarme”, es decir, antes lo hacía y parece haber llegado a la conclusión de que no valía la pena, porque la vida, al fin y al cabo, carecía de sentido. Pero su perspicacia se hace notar en diferentes momentos del texto; a pesar de lejano, cerrado e insensible, él sí entiende las acciones de los otros, como podemos ver en esta parte en que se adelanta al razonamiento que hace el juez que lo interroga:

“Tal era su convicción, y si alguna vez llegara a dudar, la vida no tendría sentido: ‘¿Quiere usted -exclamó (el juez)- que mi vida carezca de sentido?'”

En su lucidez, entiende la vida como algo sin sentido y que las personas otorgan sentidos construidos o inventados a sus acciones para no caer en el abismo. De hecho, no es difícil ni disparatado leer “El extranjero” en la clave de la obra de Erving Goffman “La presentación de la persona en la vida cotidiana”. Goffman usaba la metáfora del teatro para explicar el comportamiento del individuo en sociedad: las personas representan diferentes roles, poniéndose una máscara adecuada para cada situación. Uno no se comporta en el trabajo como lo hace en su casa, sino que aprende las reglas del juego, o de la obra que se representa allí, y actúa según se espera que actúe. Ser incapaz de identificar esas reglas y de cambiar el rol según el contexto demuestra una inadaptación o patología del individuo en sociedad.

Hablando de su juicio, Mersault afirma:

“Todo era natural, tan bien dispuesto y tan sobriamente representado, que tenía la ridícula impresión de ‘formar parte de la familia’.”

Formar parte de la familia es aceptar participar de la representación, del acto que la gente acepta desplegar. En el momento en que se cuestiona esa representación, los andamios de la vida social empiezan a desmoronarse. Pero ¿quién mejor que un extranjero para detectar las máscaras y la representación de la sociedad en la que se encuentra? El extranjero, como un sociólogo que analiza interacciones sociales hasta cierto punto desde fuera, es capaz de describir su entorno con más crudeza porque no está entre los que crearon sus reglas, es siempre un observador externo, no participante. Por eso está en una posición que le permite ver las representación, identificar dónde empieza el acto, cuándo se ponen las máscaras y ver algunas de las contradicciones características de cualquier significación social (producto tanto de la legitimación como de la institucionalización). Es una posición de “ventaja”, pero la sociedad que recibe el extranjero espera que se dé la asimilación. En el momento en que él no quiere comulgar con los otros, se vuelve incomprensible y absurdo. Mersault es un extranjero porque se aísla de su propia sociedad apartándose del proceso de significación del obrar y dejándose de involucrarse emocionalmente con su entorno. “Uno acaba por acostumbrarse a todo”, dice, y él termina por acostumbrarse a ese limbo en el que vive entre el pasado y el futuro, sin adueñarse tampoco del presente. El silencio (viril) de Mersault es un rechazo a la convivencia en sociedad, en una elección por el abismo que sería casi sinónimo de anomia.

“…cuando el vacío de un corazón, tal como se descubre en este hombre, se transforma en un abismo en el que la sociedad puede sucumbir.”

La “mostruosidad” de Mersault reside justamente en su ser extranjero en su propia sociedad: no formar parte, no confraternizar con los valores, no sentirse aferrado a ella de ningún modo, ser indiferente a su entorno. Su silencio, en tanto extranjero, va más allá de un acto viril, sino que atañe a cualquier hombre o mujer que elija (aun fuera de un extremo patológico, como el de Mersault) vivir sin implicarse emocionalmente con su entorno, sin adueñarse de lo que le rodea y (re)construir sus bases a partir de unos actos ya legitimados e institucionalizados. En “El mito de Sísifo”, Camus dice:

“Pero los hombres que viven de esperanza se acomodan mal a este universo donde la bondad cede su puesto a la generosidad, la ternura al silencio viril, la comunión al valor solitario.”

Esos hombres que viven de esperanza son los que creen en un más allá, en un Dios o una posteridad que le dará significado a la vida, mientras que el hombre absurdo vive el presente sin cuestionarlo y encarna tanto ese silencio viril como el valor solitario, características claras de Mersault. Su extranjerismo opcional hace señas, entonces, a la irresponsabilidad que implica no envolverse con el presente, ni cuestionarse el pasado ni plantearse el futuro. El extranjero como sinónimo del hombre absurdo es apolítico porque cualquier acción con arreglo a fines comunitarios carece de sentido. Entendemos, entonces, que la virilidad aquí una característica del ser humano, no solamente del género masculino

Por otro lado, si el silencio es visto como una característica propia del hombre, como una ventaja del hombre sobre la mujer que, supuestamente, hablaría incluso cuando no tendría nada útil que decir, lo que Camus muestra en su obra es, entonces, que el sexo masculino es incapaz de tener empatía con su entorno y no solo se calla sino que comete crímenes protegiéndose detrás de un silencio aparentemente superior. Si la virilidad del silencio es digna de jactancia, según lo expresa Sartre, como consecuencia también lo es el crimen y el status quo. Es cierto que eso explicaría en gran medida, pero hasta cierto punto, el silencio viril ante las desigualdades de género, por ejemplo, de clases o cualquier tipo de atrocidad, como el mismo crimen de Mersault, lo que significaría igualar al hombre, en su virilidad muda, a un parásito, insensible, inmueble, desprovisto de voluntad.

No queda duda de que ni Sarte ni Camus tenían esa intención. “El extranjero” señala la herida para que se pueda curarla. Como dice el mismo Camus en “El mito de Sísifo”, una ilustración no es un modelo a ser seguido. Mersault se nos planta delante del espejo no para generar la identificación infantil entre lector y personaje, sino para preguntarnos hasta dónde somos capaces de actuar como él, de callarnos y de no involucrarnos con el presente que nos acoge. Si decidimos ser extranjeros en nuestra propia tierra, no hace falta describir las consecuencias, que ya se ven por doquier, con hombres y mujeres que rehúsan razonar y cuestionar las máscaras que los esconden detrás del “hábito y la diversión”, como lo señaló Sartre.

Libros citados aquí: