Montaigne

Las amistades estupendas

ferrante

La amistad es uno de los regalos más preciosos que se puede tener, por la entrega y la contradicción que encierra. Los amigos nos muestran el mundo, que tendría siempre el mismo tono si no saliéramos del seno de nuestra familia. De hecho, hay amigos que nos atan a nuestro entorno, muy a nuestro pesar, mientras que otros nos hacen ver lo que sería, de otro modo, inexistente. “La amiga estupenda”, de Elena Ferrante, habla de eso y del sufrimiento que implica pertenecer y querer dejar de pertenecer a un mundo mediocre que achata y vampiriza. Habla de encontrar una voz propia en el mundo y en la narrativa. Habla de la amistad como un amor verdadero y puro, como el que sentía Montaigne por La Boètie.

Leer también: Women on the verge, de James Wood, artículo publicado en la revista New Yorker sobre Elena Ferrante.

I – Por distintos medios llégase a igual fin

I – Por distintos medios llégase a igual fin

Los Ensayos son una forma de autobiografía, si pensamos que la vida de ese hombre (o lo que más le gustaba de su vida) transcurría en su torre, entre sus libros y en su cabeza. Hace poco leí la “autobiografía” de Philip Roth que, con su genialidad, se escapa del género y mezcla su vida con la ficción. Al fin y al cabo, ¿quién no ficcionaliza su propia vida al contarla? No obstante, Montaigne se entrega en la suya, porque no teme afrontarse a sí mismo ni a sus eventuales lectores. Eran otros tiempos. La autoficción no era necesaria porque el sujeto aún existía en su integridad, o al menos no se le cuestionaba. El sujeto fragmentado necesita la autoficción y los narradores dudosos.

¿Se llega a un mismo fin a través de la autobiografía y la autoficción? Hoy, sí, porque la autobiografía ha perdido el componente de coraje. De hecho, esa misma palabra parece pertenecer a otros tiempos, a la época de los romanos que Montaigne adoraba.

En su primer ensayo, él dice que la misericordia puede tener la misma consecuencia que un acto de bravura. Si el coraje no tiene sentido en una época en que las relaciones están hundidas en un sinfín de miedos, la piedad es un sinsentido cuando la transitoriedad de esas mismas relaciones las convierte en prescindibles o reemplazables.

Para que exista el coraje y la piedad debe haber amor.

Otro Montaigne

Cuando empecé a leer los Ensayos, y luego de haber leído unos cuantos, lo que se me ocurría era “¿pero de qué va todo esto?”. Se trataba de un hombre del siglo XVI hablando de una cosa, de otra, sin criterio aparente; bien articulado, claro, todo un erudito, pero no me esperaba otra cosa, pero tampoco terminaba de entender el interés que tenía ese gran Montaigne. Entonces, en la casa de Fulgencio, amigo de una amiga, vi el “Montaigne”, de Stefan Zweig. Había que leerlo, me dijo.

¡Agradable sorpresa! En la segunda página, encuentro:

…mi alegría era literaria, de anticuario, le faltaba la chispa del entusiasmo apasionado, la descarga eléctrica que pasa de un alma a otra. La misma temática de los Ensayos me parecía bastante fuera de lugar y en gran parte incapaz de conectar con mi propia existencia. ¿Qué me importaban a mí, un[a] joven del siglo XX, las prolijas digresiones de sieur de Montaigne sobre la Cérémonie de l’entrevue des rois [La ceremonia de la entrevista entre reyes] o su Considération sus Cicéron [Consideración sobre Cicerón]? Me parecía escolar y anacrónico aquel zurcido de francés ya un poco ennegrecido por el tiempo con citas latinas, y ni siquiera encontraba yo relación con su suave y templada sabiduría. Había llegado demasiado pronto.

Yo también había llegado demasiado pronto, o demasiado verde. El libro de Zweig fue una introducción soberbia, un ensayo al nivel de los del mismísimo Montaigne, en tanto escritura deliciosa, sabia, además de proveerme de herramientas para leer -y disfrutar de- los Ensayos.

A veces un camino demasiado estrecho o torcido nos lleva a otro que nos despliega nuevos rumbos y encuentros. Así fue como fui a parar, sin querer, a la casa de Fulgencio. Así fue como encontré a Zweig, para luego volver a Montaigne. Algunos encuentros son así, breves, sorpresivos, pero sirven para mostrar nuestra propia pequeñez y la grandeza del mundo ajeno, de todo lo que no conocemos.