Medio sol medio amarillo

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Supongo que siempre que uno devora un libro, con rapidez, avidez y placer, la sensación final inmediata es de que el libro es, al menos, bueno. Eso acaba de pasarme con “Medio sol amarillo”, de la joven escritora nigeriana Chimamanda Ngozi Adichie. Su talento es indiscutible: tiene una sensibilidad singular para captar pequeños momentos cotidianos cargados de silencio y significado, sea de dolor o de placer; sus descripciones directas, concisas y perspicaces dan agilidad a la prosa y, además, la enriquecen; los ambientes, los personajes y las tramas que teje están llenos de detalles que les dan vida; y, finalmente, su coraje y osadía de meterse con una parte tenebrosa de la historia de su país (y del mundo, porque la falta de apoyo de otros países fue clave para la masacre). El tema central es la guerra civil nigeriana 0 la guerra Nigeria-Biafra, a fines de los 1960, y la autora la describe no solo a partir de hechos políticos, sino como si, para ello, hubiese hecho una investigación etnográfica, hablando con personas que allí estuvieron. La guerra en ese libro está en los cambios del cotidiano, el libro que quedó atrás, el arroz que, primero, cambia de calidad, luego escasea y luego desaparece. Adichie lo describe con desenvoltura e, incluso, cierta pretenciosidad (positiva, aquí, por abarcar una profusidad de detalles) y, aunque sea solo por eso, merece una lectura atenta.

Todo eso es lo que impresiona, lo que nos prende a las más de 400 páginas de la edición en inglés y que nos haga terminarlo y decir: ¡qué bueno! Sí, el libro es bueno, pero hay un “pero” que se refiere a la llanura de los personajes. Aunque sean variados y busquen cierta complejidad intelectual, ellos siempre hacen lo que esperamos que van a hacer. No hay sorpresas de carácter, no hay debilidades, incluso ante la miseria, la masacre; excepto la de Ugwu, el personaje que se ve atrapado como soldado y termina actuando totalmente en contra de su carácter normal. Pero aun así, él nunca deja de lado su esencia buena. De hecho, casi todos son buenos, excepto los enemigos malos, que son muy malos. Hoy día, a pesar de valorar el optimismo, eso no deja de oler a condescendencia.

Es una lectura que vale la pena, a pesar de todo. Como también vale ver la TED Talk de la autora sobre el feminismo. Ella tiene mucho que decir y lo dice bien.

También recomiendo la lectura de esta reseña más detallada: http://literafrica.wordpress.com/2013/09/21/medio-sol-amarillo-chimamanda-ngozi-adichie/

G., de John Berger

El origen del mundo, Courbet

El origen del mundo, Courbet

“G.” es un libro sobre un Don Juan que vaga entre la fuerza del sexo y la potencia de la historia. No que ésta le interese, más bien lo contrario, pero se encuentra atrapado por su inevitabilidad. Su vida como niño rico y abandonado por la madre a los cuidados de familiares, que aprendió sobre los placeres simples del campo, pero también sobre el lujo de la ciudad, es lo que le abre puertas hacia la naturaleza humana. En el sexo y en la política esa naturaleza se expresa en términos singulares, esenciales: la lucha por la supervivencia y la lucha por el poder. A su vez, el narrador tironea con la capacidad de dar cuenta de lo que está en juego en ambas luchas, especialmente en la búsqueda del placer que imprime la singularidad y complejidad de los seres humanos. Hoy casi no importa que formalmente la novela rompiese con muchos moldes. La reflexión que queda, inagotable y atemporal, se remite a la historia como peso más fuerte que el cotidiano del hombre y, a su vez, la experiencia del placer que le hace pulsar.

G. vagabundea entre los ricos de Europa, pero se enamora igualmente de baronesas y de limpiadoras, y siempre las ve igualmente interesantes, sin tener en cuenta su clase o tipo físico. La belleza está dispersa en rasgos variados: una nariz demasiado grande, un cuello largo, unas manos demasiado delgadas. La pasión se desencadena por algo más allá de todo eso. Lo que le atrae en las mujeres, desde muy temprana edad, es su misterio. G. busca la liberación de la mujer, hacer que ella se encuentre con su esencia lejos de sus roles socialmente atribuídos y que la encorsetan. Es un libro profundamente feminista.

No obstante, la clave de búsqueda de G. está en su borrosa identidad: mitad inglés/mitad italiano, mitad burgués/mitad plebeyo, él navega por un limbo transnacional que no le permite aferrarse a ninguna causa en particular, entre otras cosas, porque no tiene una tierra a la que llamar suya. Su drama es el drama de los desplazados, de los desclasados, como lo es también su soledad. Es víctima de la historia que lo atropella, tanto la suya personal como la de Europa, al borde de la Primera Gran Guerra.

Al final, el individuo se encuentra a sí mismo en la búsqueda más esencial, que es la del placer. Es lo que nos iguala y lo que nos hace vulnerables y fuertes a la vez. La identidad otorgada por instancias ajenas al propio ser (como también los roles y funciones sociales) carece de sentido e, incluso, dificulta el desarrollo de las facultades humanas de las que todos disponemos.

Aquí se puede leer las primeras páginas de “G.”, de John Berger.

 

 

 

 

 

 

 

De las heterotopias

Leo “Los otros espacios” de Foucault y pienso en Venecia, ese lugar que parece, por un lado, feria montada para el turista, una ciudad fake como Las Vegas pero que, en realidad, imita a sí misma. Allí la vida no parece suceder en sus trivialidades cotidianas, propias del peatón, del obrero, del trabajador que vive en la ciudad y la “utiliza”. Todo está montado para el disfrute del foráneo, del que viene a disfrutar de un concepto.

Venecia es a la vez una heterotopia y una utopia; un lugar recreado a partir de su ideal de ciudad veraniega, romántica, gondolera, pensada para lunas de miel (ésta, un ejemplo de heteropia aportado por Foucault), pero también una ciudad que no existe más allá de su idealización. Otro ejemplo de heterotopia que se aplica muy bien a Venecia es la imagen reflejada en el espejo: existe, pero no más que como reflejo.

Venecia se desvanece y se convierte en un teatro, montado para los millones de turistas que invaden los canales. La población local huye. La ciudad, en tanto cuerpo y organización civil, da lugar a un parque de atracciones. La historia de Venecia puede empezar a incluir su propia desaparición ya no bajo las águas, sino bajo los pies de los turistas.

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Freud y Schiele

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Resulta increíble pensar que Freud ignoró a su brillante contemporáneo y compatriota Egon Schiele. El primero le quitó al hombre la unidad identitaria aportada por la cultura, exponiendo, así, la hipocresía de la clase burguesa y entregando al individuo las bases de su propia construcción; el segundo, retrató el hombre roto, exponiendo una sexualidad antes celada y restringida a las alcobas. A principios del siglo XX el hombre ya se vio así: expuesto en su desnudez y su rotura. Los niños de Freud eran también los niños de Schiele, eran los herederos del desvelo y que, muy pronto, sucumbirían ante una guerra que echaría por suelo los augurios liberadores emanados desde Viena. Freud ignoró a Schiele como uno ignora a la sombra que camina a su lado.

La cueva de los sueños olvidados

1. Toda la historia del cine en 3D y los debates acerca del sentido de su utilización se concentran en esta película. El 3D existe y ha existido para que esta película exista.

2. El hombre necesita el pan para sobrevivir, pero con pan y sin arte el hombre no pasa de un animal más.

 

(La cueva de los sueños olvidados, película de Werner Herzog, filmada en 3D y para ver en 3D, 2010.)

 

La actualidad de “Troilo y Crésida”

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En una primera lectura de Troilo y Cresida entrado el siglo XXI lo más llamativo es cómo Shakespeare pudo escribir una obra tan llena de ironía y cinismo a principios del siglo XVII (1602), cuando los valores clásicos aun eran exaltados. De hecho, si él mismo había sido criticado por no cumplir las reglas aristotélicas de la tragedia griega, no sería extraño si Troilo y Crésida fuese considerada por la crítica de su época inmoral, una obra que distorsiona e invierte el bien y el mal. A la vez, no sorprende que Troilo y Crésida esté entre las denominadas “problem plays”, tanto por su contenido satírico, obscuro y pesimista, por su estructura y personajes que no parecen encajar ni formar un todo bien entrelazado. Tampoco sorprende que Manuel Herrera Bustamante, a principios del siglo XIX, haya considerado Troilo y Crésida como “una de las composiciones más ridículas” de Shakespeare.

Sin embargo, me parece muy acertado lo que dice Nutall (en Shakespeare the Thinker), que el autor abandona a sus personajes al destino, la trama de la obra se dispersa y lo que queda son esas gimnasias del pensamiento moral y ético o “just philosophy” y dice: “So, in this play, Shakespeare is more intellectual, more technically philosophical in the full meaning of the word, than in any other”. Troilo y Crésida, quizás por su tono satírico y, por ello, necesariamente crítico, es donde más se ve un ejercicio claramente filosófico y crítico del dramaturgo y si, en esa obra, el valor, la razón, el honor, la acción y la verdad son pasados por una trituradora, el salto hacia la comparación con la filosofía existencialista es muy fácil de dar. Shakespeare desmonta la realidad, deja el hombre desnudo ante su destino y, así, vemos hombres incapaces de elegir, incapaces de ser hombres. ¿No es exactamente eso lo que dice Kierkegaard? Por eso, Joyce Carol Oates dice quewhat is so modern about the play is its existential insistence upon the incomplete inability of man to transcend his fate”. Ahí está la esencia del existencialismo, desde Kierkegaard hasta Sartre: el hombre es el responsable de su vida, de superar su entorno, de actuar según un sentido superior a sí mismo.

En Troilo y Crésida no hay ni un solo atisbo de sentido moral elevado, nada que vaya más allá de la inmediatez de las apariencias, de la vanidad, de la búsqueda egocéntrica de la gloria y del placer. Los héroes griegos de la Iliada son transformados en tontos, viles, incapaces de actuar. Tersites, que aquí funciona como un bufón, el más lúcido de todos y no hesita en decir que la guerra de Troya, en la que están inmersos hace siente años, es una lucha por una “puta y un cornudo”; Áyax tiene el “cerebro en los músculos”; Aquiles no quiere saber de luchar y pasa su tiempo en su tienda con Pátroclo (“su puto”, como le dice Tersites); Ulises, Agaménon, Príamo, Paris, hablan mucho y no hacen nada. Héctor es el único que tiene algo de decencia, pero termina asesinado de la manera más vil por Aquiles y sus Mirmidones. Finalmente, Troilo y Crésida, que deberían formar la pareja romántica de la obra (si pensamos en otras parejas que dan título a obras de Shakespeare, como Romeo y Julieta o Antonio y Cleopatra) solo llegan a estar juntos una noche y lo que sería la historia de un amor es, más bien, la historia de la infidelidad.

Nutall dice que es una obra inteligente y enferma y que Hamlet podría haberla escrito. Es verdad. También es verdad que es una obra que es mejor comprendida después de dos grandes guerras, y de haber perdido la fe no solo en la política como salida, sino, lo que es mejor, en la guerra. Pándaro, tío de Crésida y alcahuete que la une a Troilo, termina la obra echando una plaga al público, contaminándolo con su sífilis. ¿Qué efectos podría haber tenido esa obra en el 1602? Parece ser que ella nunca fue representada en vida de Shakespeare y, si lo fue, se hizo para un público cerrado. Hoy es más fácil entenderla, después del nihilismo, del existencialismo y de las falsas apariencias del capitalismo. Troilo y Crésida es perfecta para nuestra época porque ya estamos curados de espanto.

Metodología de lectura

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Me pregunto cuál sería la mejor forma de abordar una obra extensa de un gran escritor:

a) ¿Empezar por su primer libro publicado y seguir cronológicamente?

b) ¿Empezar por el último libro publicado en vida e ir hacia atrás?

c) ¿Empezar por su obra más apreciada por la crítica?

d) ¿Elegir uno de sus libros al azar y ver hacia dónde me lleva?

Cuerpos

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Pienso en los cuerpos de Michelangelo, exageradamente humanos, su fuerza imposible que rellena los músculos siempre a punto de estallar. Son cuerpos llenos de dolor y angustia. Pienso en sus Esclavos, en la exuberancia profunda y concienzuda que fue el Renacimiento, pienso en su Moisés a punto de echarse a andar. Los cuerpos de Michelangelo han salido de otras épocas, intentan emular un Dios que se les queda corto y allí, en su potencia todopoderosa, se debaten contra la impotencia humana. En Michelangelo, el hombre se encuentra solo.

Brigitta

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WG Selbald me mandó leer a Adalbert Stifter y lo hice. Mientras lo leía no dejaba de pensar en cómo me resultaría imposible escribir algo así. Más allá de la calidad de la prosa, claro, sería incapaz de describir un paisaje de la naturaleza sin emplear los adjetivos más anodinos y los lugares comunes más imbéciles. Me he dado cuenta del poco contacto que tengo y he tenido toda mi vida con espacios naturales jamás tocados por el hombre. He estado en el campo, pero relativamente pocas veces en la naturaleza salvaje. No lo echo de menos, eso es verdad. Pero en “Brigitta” he encontrado una sensibilidad diversa, propia, quizás, de un entorno más rústico e indomable.

Mientras lo leía, tampoco dejaba de pensar en “El caballo de Turín”, de Béla Tarr, que, como Brigitta, también transcurre en Hungría. En común tienen un entorno agreste que da forma al hombre a través del contacto con un hábitat hostil pero, principalmente, del trabajo como valor. Son lugares en los que se trabaja para vivir, para ganarse el pan, literalmente, porque no hay mucho más para ganarse allí. Y es mucho más duro ganarse el pan en un campo de brezal con inviernos blancos y extenuantes que en la ciudad, espacio hostilizado por el propio hombre, más que nada porque aquí trabajamos por mucho más que el pan, trabajamos por lo que no se puede alcanzar. Tanto en “Brigitta” como en “El caballo de Turín”, los personajes se hacen y se deshacen con el trabajo cotidiano, en el cual implicar mover montañas para satisfacer las necesidades más básicas. La vida cobra un significado distinto cuando hay que luchar por ella todos los días.

“El mundo entero embarca en una lucha se embarca en una lucha por hacerse aprovechable y debemos sumarnos a ella. De qué florecimiento y qué belleza es por ahora aún capaz el cuerpo del país, y ambos deben ser extraídos.”

John Berger ha dicho que la percepción del tiempo depende de las condiciones en las que se vive. Del mismo modo, el intemperie rige el tiempo en “Brigitta” y en “El caballo de Turín”, la lentitud o la inexistencia de acciones sigue la impronta del espacio llano, despoblado.

“Al atardecer mi huésped me mostró el crepúsculo del brezal. Cabalgamos expresamente con ese propósito, después de que me hubiese aconsejado ponerme, igual que él, una piel contra el aire febril de la llanura, pese a que el aire aún caliente parecía hacerla prescindible. Esperamos, una vez que hubimos salido, en el punto indicado por él hasta que el sol que hubo puesto. Y en efecto, fue un espectáculo suntuoso el que siguió: sobre todo el plano negro del brezal estaba puesta la gigantesca campana del cielo amarillo ardiente, llameante, ondeando y dominando hasta tal punto los ojos que cada cosa de la tierra se vuelve extraña y negra. Una brizna de hierba del brezal se yergue como viga ante la lumbre, un animal que cruza casualmente esboza un monstruo negro sobre el fondo de oro, y pobres matas de enebros y endrinos pintan domos lejanos y palacios. Al este empieza luego, tras unos instantes, a ascender el azul húmedo y frío de la noche, y corta con uno vaho turbio e impenetrable el verdadero brillo de la cúpula del cielo.”

¡Qué bello!

Las amistades estupendas

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La amistad es uno de los regalos más preciosos que se puede tener, por la entrega y la contradicción que encierra. Los amigos nos muestran el mundo, que tendría siempre el mismo tono si no saliéramos del seno de nuestra familia. De hecho, hay amigos que nos atan a nuestro entorno, muy a nuestro pesar, mientras que otros nos hacen ver lo que sería, de otro modo, inexistente. “La amiga estupenda”, de Elena Ferrante, habla de eso y del sufrimiento que implica pertenecer y querer dejar de pertenecer a un mundo mediocre que achata y vampiriza. Habla de encontrar una voz propia en el mundo y en la narrativa. Habla de la amistad como un amor verdadero y puro, como el que sentía Montaigne por La Boètie.

Leer también: Women on the verge, de James Wood, artículo publicado en la revista New Yorker sobre Elena Ferrante.