desarraigo

El silencio de Julius

ciudad abierta

Para cualquier recién llegado a una ciudad, en la que uno conoce a pocos o a nadie, la forma más fácil de conocer la cultura local es pateándola. Lo mejor sería conocer personas, charlar, recabar información de primera mano, pero al contrario de la ciudad, las personas pueden no ser tan accesibles y conocerlas depende de una mutua disposición, de un encuentro, de tiempo, de una confluencia de elementos y ánimos. La ciudad no es así. La ciudad se abre al que quiere conocerla, incluso sin revelar sus secretos, sus misterios, sus entrelineas, sus letras pequeñas o, como ha dicho Teju Cole, sus fantasmas.

Julius, el protagonista de Ciudad Abierta, de Teju Cole (Acantilado), nos lleva de paseo por Nueva York, Bruselas y Lagos, en el mejor estilo sebaldiano (su influencia incontestable) pero, más que nada,  nos conduce por los vericuetos de una identidad formada por el desarraigo. Recorrer la ciudad es pasearse por la historia de ese lugar, de ese país y, especialmente, de uno mismo, haciendo una especie de mapa mental de cómo uno llego a estar donde está, qué hicieron sus antepasados, qué dolores antiguos hacen que hoy le aprieten los zapatos.

Julius está solo, casi siempre solo, excepto en algunas escasas conversaciones en las que no logra profundizar un tema. Hablando con su ex profesor, él quiere contar de sus paseos desenfrenados por la ciudad, pero no logra hacerlo: “I told him little about my walks, and wanted to tell him more, but didn’t have the right purchase on what it was I was trying to say about the solitary territory my mind had been crisscrossing” (p.12). En otra oportunidad, cuando una chica le revela una maldad que él mismo cometió hacía años, de la que no tenía recuerdos, ella misma dice que sabía que él no diría nada. Es un hombre incapaz de comunicarse de verdad, de desarrollar la empatía necesaria para un verdadero intercambio. El silencio de Julius viene, por un lado, de la distancia.

La única excepción es una charla en la que sí se profundiza el tema de la relación entre el imperio y los colonizados, haciendo un repaso de las teorías poscoloniales y del Orientalismo de Said. Pero aun allí Julius se calla, intenta alejarse de Faruk y lo tilda de extremista.

Julius es un médico nigeriano que hace su residencia en un hospital psiquiátrico en Nueva York. Él es negro, pero hijo de madre blanca y alemana, lo que lo convierte en casi blanco en Nigeria, pero indiscutiblemente negro en Estados Unidos. La identidad fragmentada le ha pillado en la cuna. Y es la herencia cultural europea la que él elige: le gusta la música clásica, el arte, la literatura. Él intenta no estar pendiente de hecho de que es un negro en lugares donde hay una mayoría blanco, sea en el hospital o en la ópera o en los restaurantes de Bruselas, pero también es consciente de que su color de piel le da libertad para caminar por el Harlem por la noche.

Si el campo de concentración es el elemento oculto de Austerlitz, la espléndida novela de Sebald, el fantasma que acecha cada página de Ciudad Abierta son los atentados de 9/11 y también el racismo que, hasta poco tiempo, le hubiera coartado su libertad. Sus paseos desembocan en el Ground Zero o bien en un lugar donde décadas atrás había sido un cementerio de esclavos y así acerca la brecha entre pasado y futuro: “The site was a palimpsest, as was all the city, written, erased, rewritten” (p. 59).

Esa mirada perspicaz se ubica entre pasado y presente, lo que la hace capaz de comprender causas y consecuencias, desvendar los artificios que se ocultan detrás de los modos de obrar y pensar del presente y que están anclados en prácticas arraigadas, institucionalizadas, a las que ya no se cuestionan. Es una perspectiva que lo pone en una especie de limbo, un tiempo y espacio suspendidos desde donde se aprovecha la ventaja del punto de observación exterior pero que, como contrapunto, no permiten entablar una relación de igualdad y de verdadera empatía con sus contemporáneos.

El libro está lleno de ejemplos de esa falta de empatía. Julius no entiende las quejas de su ex novia a tal punto de que no era capaz de siquiera relacionarlas con su propia vida. No se siente unido a otros que son de su continente y, de hecho, les tiene desprecio. Su identidad está anclada en desarraigos elementales, de su raza, de su país y del prójimo, pero carece de lenguaje para hablar de ello. Quizás se sienta más europeo que africano y se crea superior a los demás (en diversos pasajes él se presenta a sí mismo como un héroe o como el que sabe hacer las cosas bien) y algo así no se debe verbalizar. Es un silencio que es necesario mantener.

La ambigüedad de su identidad se plasma también en la noción de doble que aparece en la obra. Él es como un Dr. Jekyll y Mr. Hyde que no logra ver lo que hace su lado negro; o, lo que es peor aun, no tiene conciencia de que tiene ese lado negro. No lo oculta, simplemente lo tiene sublimado.

Cuando uno llega al final de Ciudad abierta la pregunta que uno hace es si, de hecho, lo que acabamos de leer es la historia de lo que él ha vivido o de las historias que se contó a sí mismo para sobrellevar el dolor o, incluso, el hecho de que él es un hombre como cualquier otro, con sus riquezas y miserias, algo que parece no tener de todo aceptado. Su silencio representa el reverso de la ciudad abierta porque lo retrae hacia sí mismo, lo aleja de su entorno y lo encierra en un caparazón.

Aquí se puede leer las primeras páginas de Ciudad Abierta, de Teju Cole.

 

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Simone Weil y la necesidad de echar raíces

Cuando T.S. Eliot dijo que debíamos de tener paciencia con Simone Weil, después que él hubiese leído toda su obra, no estaba exagerando. En un primer contacto, que es lo que he tenido hasta ahora (y solo escribo esto como ejercicio de lectura, más que como reseña o opinión definitiva sobre su texto), paciencia es la palabra clave. Su optimismo, aunque tierno y embebido de la lectura de Saint-Simon, Marx y Rousseau (además de Jacques Maritain, como ella misma dice), sorprende por dos lados: por uno, que alguien que vivió la aspereza del trabajo la industria metalúrgica, que se aventuró por la Guerra Civil Española, que quiso no solo teorizar sobre las necesidades de los trabajadores y de los más necesitados, sino también vivirlas en su propia piel, pudiese mantener esa esperanza y una mirada incorruptible sobre el corazón humano; por otro, que después de tantos años, muchas de sus apreciaciones sobre el trabajo y la miseria que éste trae a tanta gente y también sobre la educación y sus designios sigan siendo actuales.

Quizás leerla hoy día, después del fracaso de los países socialistas, del descaso por la vida espiritual (laica o religiosa), del fracaso de la educación y, en buena medida, incluso del Estado de bienestar, nos pone un poco ante un texto casi histórico, sin relación viva aparente con el presente. En ese sentido, todo lo que ella supone ser universal, como las necesidades del alma (entre ellas, la necesidad de arraigo), pierden fuerza y validez ante los sinfín de contraargumentos que podemos presentarle.

No obstante, lo que más me interesa en su texto, y el motivo por el cual lo he leído, es la cuestión del arraigo, de echar raíces, como el dice el título en castellano. En francés, enracinement, se refiere tanto al hecho de arraigarse como al de asimilarse e integrarse, y eso resulta bastante interesante. Pero el desarraigo de que ella habla es bastante similar a la alienación de los medios de producción de la que habla Marx. Es difícil encontrar los límites, las diferencias entre uno y otro término. Para ella, el desarraigo también ocurre mediante la dominación económico-cultural o territorial y ella se centra esencialmente en el proletariado y sus problemas. Incapaz de realizarse espiritualmente en el trabajo, el  hombre se desvincula de su entorno y de la historia porque es incapaz de aprehender el mundo que lo rodea. Ese es, en esencia, el desarraigo del que habla Simone Weil.

No obstante, su definición de arraigo es bastante interesante y es lo que aquí nos interesa:

“Tener raíces es quizás la necesidad más importante y menos reconocida del alma humana. Es la más difícil de definir. Un ser humano tiene raíces en virtud de su participación real, activa y natural en la vida de una comunidad que conserva en su forma viva ciertos tesoros específicos del pasado y ciertas expectativas específicas para el futuro.” (p. 43)

Hay en esa definición tres componentes esenciales: 1) el hecho de que el arraigo es una necesidad humana; 2) que es una relación entre el individuo y una comunidad; y 3) la relación entre el pasado y el futuro. En tanto necesidad humana, la clave es la universalidad; no importa la raza, nacionalidad, sexo, el arraigo forma parte de la constitución del hombre en su plenitud y su ausencia representa para el espíritu lo que el alimento representa para el cuerpo.

El segundo componente es específicamente político. No obstante, por un lado, la relación entre el individuo y su comunidad puede no ser siempre sana. Tomemos el ejemplo del que más habla Simone Weil, que es la sociedad francesa bajo el gobierno de Vichy, o cualquier comunidad subyugada, como es el caso de las dictaduras en España o América Latina o los regímenes autoritarios de Oriente Medio que expulsaron a tantos intelectuales hacia Europa, Estados Unidos o a cualquier sitio donde pudiesen pensar y escribir libremente (otra necesidad humana de la que habla Weil). Por otro, incluso en una sociedad que cuida a sus miembros, como la más utópica que puede suponer Weil (y ella, de hecho, supone que existiría o existirá), un individuo puede, por necesidades personales (de aventura, de trabajo -y más aún en los días de hoy-, de relaciones íntimas), cambiar de país, de ciudad, es decir, dejar atrás su comunidad de origen con todo lo que eso implica. ¿Cómo se satisface, en esos dos casos, la necesidad de echar raíces? En el primer caso, eso va más allá de las capacidades de un individuo, no depende de él e, incluso, puede no haber solución en toda su vida. ¿Es posible, entonces, crear nuevas raíces y olvidarse del lugar donde uno ha nacido o crecido? De ser posible, ¿cuáles son las consecuencias para el individuo? Por las implicaciones de enracinement que mencionamos antes, parecería que la asilimación sería similar al arraigo, pero eso propondría nuevos desafíos a la cuestión de la identidad, algo que Weil no aborda.

Finalmente, la comunidad como receptáculo de la historia que da continuidad a la vida de un individuo es uno de los aspectos más interesantes del abordaje de Weil. El desarraigado no tiene vínculos históricos con la comunidad que lo acoge y, por ende, su identidad se encuentra fragmentada. Esa forma de alienación es la que tiene consecuencias más devastadoras para el hombre, porque no es capaz de estructurar su futuro a partir de una continuidad compartida con sus conterráneos, que les da sentido a sus acciones y a sus ambiciones. Esa fragmentación es una característica de los tiempos que corren, algunos dirán que de la posmodernidad, y quizás Simone Weil no haya vivido lo suficiente para ver una de las consecuencias de la Guerra que la tragó: el hombre se ha desvinculado de la historia, lo dice ella, y al hacerlo, se desvincula de sí mismo, pero las consecuencias de ello, y como el individuo ha logrado vivir y convivir con identidades tan fragmentadas, es una antorcha que llevamos los de esta época.