poema Arte

Melville y el exilio de la palabra

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Melville se fue muchas veces de su casa. No la aguantaba, estoy segura. Luego, dice Delbanco, tampoco aguantaba demasiado tiempo en el mar, ni en Europa, ni en cualquier lugar lejos de su estudio. Casi no escribía mientras viajaba, necesitaba sentarse tranquilo, quizás necesitaba silencio y algo de alcohol. Sus novelas, tan estridentes, se contraponen con el vacío de su biografía. Igualmente, Delbanco dijo mucho.

De todo lo que dijo, me quedé con que Melville se sentía un extranjero dondequiera que estuviese. Sus palabras no calaban en los lectores de su tiempo, su vida no se encajaba con las necesidades de su familia, su leal amistad no encontraba espejo con el cual dialogar. Estaba solo como su Ahab, como su Bartleby, como su Billy Budd, obstinado como todos ellos. Melville y sus autorretratos.

Pero se hartó. Se hartó de escribir novelas para ser el eterno autor de Typee y Omoo. Se hartó de que lo considerasen un raro, un loco, un desconocido. Y es que uno termina hartándose. Entonces se dedicó a la poesía. Como esta:

Art

In placid hours well-pleased we dream
Of many a brave unbodied scheme.
But form to lend, pulsed life create,
What unlike things must meet and mate:
A flame to melt—a wind to freeze;
Sad patience—joyous energies;
Humility—yet pride and scorn;
Instinct and study; love and hate;
Audacity—reverence. These must mate,
And fuse with Jacob’s mystic heart,
To wrestle with the angel—Art.
Vertida al castellano por mí, con timidez y osadía, del siguiente modo:

Arte

Soñamos, en horas plácidas de la vida,
con estructuras indómitas, desprendidas.
Pero para dar forma, vibrar el pulso, crear,
Qué cosas improbables se deben aunar:
Llama candente – gélido viento;
Melancólica paciencia – incansable aliento;
Humildad – pese a orgullo y desdén;
Instinto y estudio; amor y odio;
Audacia – reverencia. Se deben aunar,
Y del corazón místico de Jacob formar parte,
Para enfrentar la lucha con el ángel: Arte.

Como dijo Drummond de Andrade: “Luchar con las palabras es la lucha más vana… Son muchas, yo poco.” Melville luchó con ellas mientras pudo, después se fue, y las visitaba por gusto. Se exilió, con todo lo que eso conlleva: el desarraigo forzoso, disgustado, con ganas de volver. Melville sufrió el exilio de la palabra. Se ve forzado a dejar de trabajarlas como un modo de vida para ganarse el pan en un puesto anodino en aduanas. Pero no abandona la lucha y se dedica a la poesía. Cuando se muere, la gente ya creía que estaba muerto hacía mucho. Quizás se sintiera muerto hacía mucho, como se sienten muchos exiliados: muertos en vida.

Dice Roberto Bolaño:

Para algunos escritores exiliarse es abandonar la casa paterna, para otros abandonar el pueblo o la ciudad de la infancia, para otros, más radicalmente, crecer. Hay exilios que duran toda una vida y otros que duran un fin de semana. Bartleby, que prefiere no irse, es un exiliado absoluto, un extraterrestre en el planeta Tierra. Melville, que siempre se estuvo yendo, no conoció -o no sufrió- la frialdad de la palabra exilio.

Pero creo que Bolaño se olvidó de que Melville, en algún punto, también era Bartleby, también preferiría no hacerlo, también prefirió no irse. Melville también era un exiliado absoluto.

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